La ciudad parece un mundo
Tras el tinte oscuro del cristal polarizado, con mi mente aún bajo tu ropa y mis pupilas indecisas, recorro la ciudad autista de mis sueños desvelados; dilatadas de a ratos, por la oscura presencia de la noche gris, de la triste y absoluta ausencia de luminarias de turno; y de a ratos contraídas, por el destello fugaz del neón centellante.
Desde la ventana del taxi, la ciudad me parece un mundo. Son las tres de la mañana y el rojo albor del alumbrado enciende la noche, la abraza toda en un fuego sucio y escarchado que no quema. Un fuego de hielo que penetra la piel. Un fuego que se expande y se contagia.
Tal es el hechizo de la noche en mi ciudad, donde pequeños pajaritos de colores tiñen de negro sus frágiles contornos, para que siniestros nubarrones los confundan y no logren sabotear su cansado vuelo; donde con el alma de unos cuantos se pagan las culpas de la indiferencia de otros tantos; y donde un par de unicornios añejados se disputan los sueños en que habrán de aparecer.
La ciudad parece un mundo cuando se la ve en movimiento, cuando uno no es más que una suerte de fantasma que se desliza en silencio, formando parte del torrente de vehículos que fluye, calmo, a esas horas de la noche; como un río de concreto que descansa, apacible, balanceándose indiferente al frío impulso del potente vendaval.
Un semáforo en rojo detiene nuestro viaje. El taxista me habla de esas cuestiones que son moneda corriente en el diálogo conductor-pasajero: Que el tránsito está horrible, que la paga es aún peor, que la humedad, que la noche es insufrible, que las mujeres, que la inseguridad... Apoyo mi cabeza en la ventana y lo dejo que siga en su monólogo infrenable. En mi mente no hay espacio más que para ti, tus ojos, tu mirada, tu semblante, tus palabras.
A lo lejos se divisan los rostros de la calle. Niños, jóvenes, adultos, todos ellos ancianos. Rostros cargados de tristeza, vacíos de esperanza, que viven en la noche y a la vez se esconden de ella en un bunker de nylon y cartón. Rostros olvidados sin pasado ni futuro que frecuentan en vida, el infierno que otros tantos con el tiempo habitarán. Son las huestes de la noche, ejércitos de sombra que infunden el miedo para algunos y para otros, como yo, la más sincera compasión. Esa mezcla arrolladora de clemencia, indignación, lástima, bronca, piedad e impotencia, pero sobre todo eso: impotencia.
Una mujer con tu rostro me hace señas desde un oscuro portal, mientras que un niño con tus manos se ofrece a lavar el parabrisas. Nada es lo que parece en mi ciudad de ausencias o en mi ausencia de ciudad. Un hombre cubre su desnudes con unas hojas de diario de dos años atrás y cierra tus ojos en su intento desesperado de atraer el sueño.
Te veo a ti en todos ellos. Me imagino a mí mismo, con apenas siete años; en este sucio rincón olvidado; ese oscuro agujero donde Peter Pan jamás olvidó su sombra, sombra que tras él se esconde noche a noche y ofrecen juntos lágrimas y flores, llantos y curitas en las mesas de algún bar; donde la voz alegre del pequeño Mowgli nunca recorrió la selva de norte a sur, ni a su canto se unieron ni Baloo, ni el Rey Louis, ni Bagheera, sino que se ahogó para siempre en el frío vientre de un ómnibus oscuro, colmado de ausencias y repleto de desengaños; donde Blancanieves se hizo adicta a su manzana envenenada y Caperucita espera en una esquina el acecho, sin piedad ni culpa, del lobo feroz.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. El taxi se detiene. Nuevamente estoy en casa, más viejo, más cansado, pero por fin en casa. Abro la billetera para buscar con qué pagar y allí estamos nosotros, allí estás tú.
Juro por Dios, que amo esa foto. Yo, con un extraño aire de intelectual apasionado y tú, con tus ojitos turquesa iluminándolo todo. El mundo se derrumba y nosotros nos amamos. Nuestros ojos se buscan en una burbuja color esmeralda. En ese refugio de besos y abrazos concretamos nuestra huida, engañamos al tiempo y nos burlamos del adiós.
La ciudad parece un mundo, y en un rincón alejado de los ojos de los diarios y los noticieros, de las voces de siempre, de los gritos de auxilio; nos entregamos el uno al otro. Casi en silencio, para no despertar a nadie. Y que nadie piense siquiera en pincharnos nuestra pompa de jabón. No vaya a ser que la oscuridad se proponga contagiarnos, que nos roben la alegría e hipotequen nuestros sueños. No. Cerremos puertas y ventanas, que ya habrá tiempo para salir y contagiar nosotros de amor y de esperanza, de alegría y sinceridad. Ya habrá tiempo de despertar de su siesta al sueño perdido, al niño olvidado. Ya habrá tiempo para desafiar a la tristeza, para vencer a la derrota, para construir de nuevo, para hacer historia. Ya habrá tiempo para ver la luz... y vaya si lo habrá.
Sonrío, y una paz y una intuición se apoderan de mi mente. Me siento a salvo. Ya no tengo miedo, de todo estoy a salvo.
-Así está bien, quédese con el cambio. Muy buenas noches y gracias.
El mundo se derrumba y nosotros nos amamos. La intuición se hace certeza. Ya no cabe dudas. Hoy más que nunca, ese otro mundo es posible.
Federico Comesaña
Desde la ventana del taxi, la ciudad me parece un mundo. Son las tres de la mañana y el rojo albor del alumbrado enciende la noche, la abraza toda en un fuego sucio y escarchado que no quema. Un fuego de hielo que penetra la piel. Un fuego que se expande y se contagia.
Tal es el hechizo de la noche en mi ciudad, donde pequeños pajaritos de colores tiñen de negro sus frágiles contornos, para que siniestros nubarrones los confundan y no logren sabotear su cansado vuelo; donde con el alma de unos cuantos se pagan las culpas de la indiferencia de otros tantos; y donde un par de unicornios añejados se disputan los sueños en que habrán de aparecer.
La ciudad parece un mundo cuando se la ve en movimiento, cuando uno no es más que una suerte de fantasma que se desliza en silencio, formando parte del torrente de vehículos que fluye, calmo, a esas horas de la noche; como un río de concreto que descansa, apacible, balanceándose indiferente al frío impulso del potente vendaval.
Un semáforo en rojo detiene nuestro viaje. El taxista me habla de esas cuestiones que son moneda corriente en el diálogo conductor-pasajero: Que el tránsito está horrible, que la paga es aún peor, que la humedad, que la noche es insufrible, que las mujeres, que la inseguridad... Apoyo mi cabeza en la ventana y lo dejo que siga en su monólogo infrenable. En mi mente no hay espacio más que para ti, tus ojos, tu mirada, tu semblante, tus palabras.
A lo lejos se divisan los rostros de la calle. Niños, jóvenes, adultos, todos ellos ancianos. Rostros cargados de tristeza, vacíos de esperanza, que viven en la noche y a la vez se esconden de ella en un bunker de nylon y cartón. Rostros olvidados sin pasado ni futuro que frecuentan en vida, el infierno que otros tantos con el tiempo habitarán. Son las huestes de la noche, ejércitos de sombra que infunden el miedo para algunos y para otros, como yo, la más sincera compasión. Esa mezcla arrolladora de clemencia, indignación, lástima, bronca, piedad e impotencia, pero sobre todo eso: impotencia.
Una mujer con tu rostro me hace señas desde un oscuro portal, mientras que un niño con tus manos se ofrece a lavar el parabrisas. Nada es lo que parece en mi ciudad de ausencias o en mi ausencia de ciudad. Un hombre cubre su desnudes con unas hojas de diario de dos años atrás y cierra tus ojos en su intento desesperado de atraer el sueño.
Te veo a ti en todos ellos. Me imagino a mí mismo, con apenas siete años; en este sucio rincón olvidado; ese oscuro agujero donde Peter Pan jamás olvidó su sombra, sombra que tras él se esconde noche a noche y ofrecen juntos lágrimas y flores, llantos y curitas en las mesas de algún bar; donde la voz alegre del pequeño Mowgli nunca recorrió la selva de norte a sur, ni a su canto se unieron ni Baloo, ni el Rey Louis, ni Bagheera, sino que se ahogó para siempre en el frío vientre de un ómnibus oscuro, colmado de ausencias y repleto de desengaños; donde Blancanieves se hizo adicta a su manzana envenenada y Caperucita espera en una esquina el acecho, sin piedad ni culpa, del lobo feroz.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. El taxi se detiene. Nuevamente estoy en casa, más viejo, más cansado, pero por fin en casa. Abro la billetera para buscar con qué pagar y allí estamos nosotros, allí estás tú.
Juro por Dios, que amo esa foto. Yo, con un extraño aire de intelectual apasionado y tú, con tus ojitos turquesa iluminándolo todo. El mundo se derrumba y nosotros nos amamos. Nuestros ojos se buscan en una burbuja color esmeralda. En ese refugio de besos y abrazos concretamos nuestra huida, engañamos al tiempo y nos burlamos del adiós.
La ciudad parece un mundo, y en un rincón alejado de los ojos de los diarios y los noticieros, de las voces de siempre, de los gritos de auxilio; nos entregamos el uno al otro. Casi en silencio, para no despertar a nadie. Y que nadie piense siquiera en pincharnos nuestra pompa de jabón. No vaya a ser que la oscuridad se proponga contagiarnos, que nos roben la alegría e hipotequen nuestros sueños. No. Cerremos puertas y ventanas, que ya habrá tiempo para salir y contagiar nosotros de amor y de esperanza, de alegría y sinceridad. Ya habrá tiempo de despertar de su siesta al sueño perdido, al niño olvidado. Ya habrá tiempo para desafiar a la tristeza, para vencer a la derrota, para construir de nuevo, para hacer historia. Ya habrá tiempo para ver la luz... y vaya si lo habrá.
Sonrío, y una paz y una intuición se apoderan de mi mente. Me siento a salvo. Ya no tengo miedo, de todo estoy a salvo.
-Así está bien, quédese con el cambio. Muy buenas noches y gracias.
El mundo se derrumba y nosotros nos amamos. La intuición se hace certeza. Ya no cabe dudas. Hoy más que nunca, ese otro mundo es posible.
Federico Comesaña





11 Comentarios:
Boquiabierta. Así me dejaste.
Precioso, Fede.
Descripciones hermosas que engendran en mi mente imágenes de fantasía.
Te leo.
Jez
Antes que nada gracias por tu comentario en mi blog.Siempre bienvenido.
Acabo de llegar aquí...desde ya te digo que me llevo una frase:
"El mundo se derrumba y nosotros nos amamos".
Brindo por que esa pasión no se diluya en el tiempo.
Un abrazo
Nestor
Lo que se denominaría mi tumba estaba situada a orillas de un mausoleo anacrónico, cuya circunferencia mide un cuarto de milla, algunos espíritus extraviados comentan ¡Si entrás ahí! ¡no saldrás jamás!...
Cada una de estas moradas estan forjadas de un bronce antiguo, posee un ángel guardián esculpido en piedra (para los que quieren ser perdonados)... los poetas desterrados y suicidas escriben los epitafios de los nuevos visitantes que vendrán... algunas de sus lápidas dicen...
"Yo no vine, me trajeron", otros más desquiciados...
"Maldito aquel que remueva mis huesos" todos con un hablar pintoresco...
Los ataúdes son endurecidos en fuego y llantos negros envejecidos, sus tableros de ajedrez se han idiotizado en que sea la reina negra de este juego. Las vidrieras caleidoscópicas dan a todas las vistas conjuntas, pero poco son los afortunados en empañar sus cristales...
En mis pantanos hay un reloj de doce horas precisas, de modo que ninguno de sus habitantes adormecidos es atrapado por los rayos de un nuevo día...
Según mis ancestros... Nunca existió, Ni exitirá algún reloj en señalar con gran exactitud las horas...
Sus campanadas son agónicas, sólo basta decir ¡las doce! y todos nos despertamos de nuestro sueño apocalíptico, lo peor era para los duendes, no podían soportar los maullar de los gatos, lanzándose a la cara de las personas, ocultándose debajo de sus ropas milenarias... El sonar de sus péndulos dejaban en la gran apetecida Casa de Orates a todos los jorobados de buen oído, el reloj es venerado por todas las fierecillas, conquistadores endemoniados y a las fatídicas libélulas (bien apetecidas por sus cinturas angostas) Todos les rendimos oraciones al Señor de las horas... el Sol se ha convertido en el Gran Inquisidor Dostoievskiano...
El reloj es nuestro verdugo más simpático...
Estarás a salvo ¡recuerda esto! Peter Pan jamás olvidó su sombra,
¡tu me lo has enseñado!...
Cómo extrañaba este escribir desde lo hondo, estas letras dichas con las visceras, hace rato te buscaba Fefo y te me venías escapando...
Aquí me quedo, por estos lados.
Mi beso de opio
Mmm... Aún atrapados... ¿hasta que hora esperaremos por las llaves?...
¿Crees que saldremos de este encierro?... Tengo un poquito de hambre...
Gracias Fefo!!! Si escribís así y tenés esa edad ( Y no estás mintiendo) Tendrás seguramente un brillante futuro como el mejor escritor de todos los tiempos!
Besos y cariños!!!!
Tormenta.
P/D:Prometo leerte con tiempo, si?
Aún sin escribir, ¿cuando tendré el placer? aún estoy en este enclaustro y mis pies no se mueven ¡Que hago!...
CAMBIEMOS EL MUNDO
REVOLUCIONEMOS LA VIDA
INNOVEMOS EL AMOR
E INVENTEMOS LA verdadera LIBERTAD
CARAJO!
Ya te lo dije, pero te lo repito... me encantó!!!
Siempre tuya...
Hola Fede, acá estoy por primera vez y es seguro que voy a venir seguido para leer y releer,porque este blog es atrapante.Gracias por brindarnos este placer a quienes nos gusta las letras.Suerte siempre, con cariño..
Alguien que puede describir de esa manera un sentimiento, se merece toda mi admiración, de la misma manerta quien tenga la suerte de ser la inspiracíon de palabras tales.
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