07 setiembre 2006

FUIMOS - Parte I -

Inspirado en "La espera" de Jorge Luis Borges, intento recrear esa noche anterior de la que habla el Maestro, de la que sólo hace mención y deja completamente a cargo de la imaginación del lector. Este cuento, que intenta ser un preámbulo a la obra de Borges, será entregado en tres partes, por esa maldad intrínseca del escritor de sembrar la intriga en sus lectores. Espero sea de su agrado y mil gracias a todos, por dar vida con sus comentarios, a esta Cárcel de Palabras.
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El timbre del teléfono azotó el silencio de aquel cuarto sepulcral. Sonó una, dos, tres veces. Nadie contestó.

La oscuridad lo cubría todo, un único haz de luz se colaba entre las persianas mal cerradas, una luz polvorienta que cortaba en dos la oscuridad absoluta, el vacío total. El teléfono volvió a sonar; esta vez, con mayor insistencia.

El hombre abrió los ojos, dejando atrás aquel sueño que tantas noches había esperado. Sonrió. Miró hacia su costado y con sorpresa percibió su soledad. Tanteó con su mano izquierda la otra mitad de la cama y nada, no había nadie más aparte de él en aquella habitación oscura.

Suspiró.


–Fue sólo un sueño… – Reflexionó en voz alta, como esperando una respuesta, una negación que viniera de algún lugar. “Quizás del baño”, pensó. Pero la luz no estaba encendida, ni la ducha, ni nada. “Fue sólo un sueño”, se convenció.

El teléfono continuó percutiendo con su sonar monótono y taladrante, el hombre se resignó a atender, sin siquiera intentar adivinar quien estaba del otro lado de la línea. Era un hombre de acción, no de conjeturas ni especulaciones. Para su jefe era mejor así, nunca le gustaron los preguntones dentro de sus filas, o los visionarios en los cuales, según él, no podía fiarse ni un segundo. El hombre estaba a gusto bajo las órdenes de Alejandro Villari, no por compartir con el mafioso un mismo origen y una misma moral; no por sentirse protegido bajo la influencia de tan poderoso personaje; sino, simplemente, porque seguir las ordenes de alguien más lo alejaba de la dura tarea de decidir y de tomar iniciativas. El hombre siempre prefirió la dama al ajedrez.

Levantó el tubo.

–Diga...

–Sabe quien le habla. – La voz le sonaba vagamente familiar, tardó un segundo en reconocer de quién se trataba; pero ese susurrar precavido, ese tartamudeo propio de quien se deja caer en las garras del miedo, sólo podía corresponder a una única persona; tardes enteras había estado esperando esa llamada. – Disculpe la tardanza, los exámenes se demoraron y…

–No tengo tiempo para excusas, ¿cuál fue el resultado Doctor?

–Sus temores son ciertos, la prueba dio positiva.

El hombre vaciló.

–¿Está seguro?

–Completamente, en esta clase de análisis el margen de error es mínimo, despreciable a mi parecer.

–Por su bien, que así sea. Le recuerdo Doctor, que el precio que pagué por esta información no admite la más mínima equivocación de su parte.

Del otro lado de la línea, el Doctor Manuel Andrade estaba a punto de infartar. El tono amenazador en la voz de ese hombre confirmaba las palabras de aquella tarde en su despacho al despedirse: “su vida depende de ese análisis Doctor, no se olvide de ello”. Hasta entonces, esa frase se había adueñado de su pensamiento y ahora, del otro lado del tubo, el mismísimo Lucifer reafirmaba su amenaza.

–Puede confiar en mi palabra – Dijo finalmente el Doctor, intentando ocultar en vano, su tensión y sus miedos.

El hombre dejó caer el tubo y se alejó en silencio, no había nada más que decir ni preguntar.

Abrió la persiana.

Afuera, un manto de nubes envolvía la ciudad, confundiendo los colores de los árboles, los autos y edificios en un matiz infinito de negros, blancos y grises. El melancólico y desafiante sonar de un tango se adivinaba entre el canto de los pájaros y las voces matinales. Era de Manzi, una pieza triste y taciturna titulada Fuimos. El hombre permaneció en silencio, dejándose llevar por aquel ritmo solitario proveniente de algún antro en lontananza.

“Fui como una lluvia de cenizas y fatigas
en las horas resignadas de tu vida.
Gota de vinagre derramada,
fatalmente derramada sobre tus heridas.
Fuiste, por mi culpa, golondrina entre la nieve,
rosa marchita por la nube que no llueve…“

No encontró mejor refugio para su mente que la letra de aquella canción. No por ser adepto a la poesía popular del tango, a la cual consideraba poco más que una pérdida de tiempo; ni por verse a sí mismo dibujado en las palabras de aquel cantor que con trazo firme y elegante, esbozaba en jirones de notas su recuerdo y su memoria; no por eso pienso yo, sino por cobardía, claro; por simple y vulgar temor a verse y encontrarse a solas con su pensamiento.

El tango continuaba, al tiempo que las primeras gotas comenzaban a caer del cielo. Era una lluvia suave y silenciosa que acompañaba el fino vaivén del piano y bandoneón; y juntos, los tres, mantenían la armonía de un ritmo exquisito, de austera perfección.

“…Fuimos abrazados a la angustia de un presagio
por la noche de un camino sin salidas.
Pálidos despojos de un naufragio
sacudido por las olas del amor de la vida…”

La noticia aún percutía en su cabeza, ya nada importaba más que la certeza de saber que sus temores se habían hecho realidad. Sin embargo, no todo estaba perdido. Una idea, fugaz y repentina, recorrió su conciencia con la fuerza y la velocidad de un rayo. Al principio la descartó, convencido de que debía haber otra salida. Finalmente, la ausencia de nuevas ideas acotó sus posibilidades. Miró el lado positivo: aún quedaba una esperanza en pie.

Era tiempo de actuar. El hombre se encontraba al borde de perderlo todo y la idea de dar un paso al frente no estaba en su mente ni en sus planes.


¿Estaba dispuesto a arriesgar su vida por esa mujer? ¿Estaba dispuesto a perderlo todo por aquella mirada de ángel y ese cuerpo infernal? No, claro que no, el muy imbécil pensó que con ella borraría el recuerdo de aquella noche de abril. Pensó que así sería más fácil, intuyó que la noche del alma no era más que la antesala a la alborada del ser. Confundió, como otros tantos, el amor con el sueño y creyó que éste, tiene un principio y un fin; lo primero, puede que así sea, pero nunca lo segundo. El amor, dijo Lope de Vega, tiene fácil la entrada y difícil la salida.

Finalmente, arribó a una decisión. Le costaba imaginarse vaciando de esa forma el cargador de su revólver, el frío de la bala atravesando la misma piel que horas antes, había soñado acariciar. Pero no era ese el pecado que lo iba a condenar, no; sino la traición, la traición al hombre que le había dado todo y que de saber la verdad, se lo arrebataría junto a su vida. Y no, no era sólo lujuria lo que corría por sus venas, pero su estrechez no le permitía darse cuenta que esa niña, arrogante y caprichosa, le había robado el corazón.

Continuará...


Federico Comesaña

2 Comentarios:

El 08 setiembre, 2006 15:20, Blogger Jeza dijo...

Paaa, pero si sabrás escribir muchacho!
Día a día se hace más atrapante entrar a este blog.
Me encantó, simplemente así.
Espero ansiosa las otras partes de la historia. Es muy cruel dejarme con esta avidez carcomiéndome por dentro.
Mis felicitaciones pa usté.
Te leo.
Jez

 
El 08 setiembre, 2006 21:04, Blogger Amapola dijo...

Te leo, te leo...vamos que te leo y esperaré con ansias la continuación.

Mi beso de opio

 

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