20 setiembre 2006

FUIMOS - Parte III -

Agradezco nuevamente los comentarios recibidos, como también el interés que este cuento despertó. En especial a todo aquel que se animó a involucrarse en esta historia y acompañó desde un principio el nacimiento de esta obra que hoy encuentra su final. Como ya saben, el cuento entero es una antesala de "la espera" de Jorge Luis Borges, por ello dejo a continuación un link donde pueden encontrar el cuento original y continuar con la historia que en este post termina (quien esté interesado, haga clic aquí). De más está decir que cualquier comentario, crítica, precisión, o lo que por sus mentes se atraviese, no duden en escribirlo, porque yo voy a estar a la espera de sus palabras. Muchas gracias por estar ahí y les deseo que tanta intriga no haya sido en vano.
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...Continuación del post anterior.


La mano derecha le temblaba, no era frío sino otra cosa. La primera etapa de su plan estaba cumplida, la segunda era más fácil aún. Debía asegurarse de que nadie pudiera vincularlo con el crimen. Una única persona estaba al tanto del embarazo y si ese individuo desaparecía, su vida podría continuar como si aquella noche no existiera más allá de su memoria. Aunque él sabía que por más que así fuera, aunque pudiera colarse en su casa y eliminar al Doctor Andrade, el sueño de volver el tiempo atrás no era más que eso: una estúpida ilusión.


Al salir del hotel se dirigió a paso firme por el empedrado hacia la casa del profesional, a unas cuadras de allí. Ni siquiera se cubrió la cabeza con la gabardina, la lluvia lo tenía sin cuidado.

Era una casa de estilo colonial, con grandes ventanales y un hermoso balcón que le recordaba a la casa de su infancia. Vio con sorpresa que la única luz encendida era la del estudio. La ansiedad lo invadió de golpe, no podía esperar más. La incertidumbre debería ser, las más de las veces, más temida que a la muerte.

Llamó a la puerta. Sintió el crujir de los escalones y el sonido se hacía cada vez más cercano. Una voz intranquila irrumpió el silencio:

–¿Quién anda ahí?

Nadie contestó.

Manuel Andrade preguntó de nuevo. Nada otra vez. Quitó una a una las trabas de la puerta y la abrió con lentitud, con la vista clavada en el otro lado. De pronto, una figura forcejeó fieramente, Andrade opuso resistencia, pero el extraño pudo más que él y lo obligó a apartarse de la puerta.

El hombre ingresó a oscuras al recinto, Andrade continuó retrocediendo.

–Usted… – Se animó a decir, mezcla de sorpresa y desencanto. – Sabía que iba a venir, es más, esperaba que lo hiciera.

–No lo entiende – dijo el hombre y del bolsillo de su gabardina extrajo el revólver de metal –, usted sabe demasiado.

–¿Qué arreglaría con matarme? ¡Dígame! – Replicó Andrade, mirándolo a los ojos con firmeza.

El hombre quedó sorprendido por esa inesperada demostración de valentía, de la cual él jamás se sentiría capaz. Permaneció en silencio, con la vista clavada en su víctima y el brazo tenso, bien tenso; mientras su dedo índice se acercaba al gatillo.

–Escuche, alguien más lo sabe –confesó–, alguien más pagó por la misma información que usted.

El hombre bajó el arma, ya nada estaba asegurado. Supo al instante que Andrade no mentía, supo de quién se trataba. Había subestimado a Alejandro Villari. Al parecer, aunque su hija no lo creyese, se preocupaba por ella a su manera.


–Tres hombres vinieron a mi casa esta noche, preguntándome por la consulta que Nuria Villari me había hecho en la clínica el miércoles pasado. Naturalmente, les contesté que no podía proporcionarles esa información. El más viejo de los tres me propuso un trato que no pude rechazar. No todos los días alguien viene y me entrega en la mano cinco mil argentinos. A decir verdad, no quise hacer preguntas. Pensé que debía estar desesperado, no creo que un hombre como Villari haya llegado hasta donde está haciendo tratos de esa manera ¿no cree?

–¿Lo conoce?

–¿Bromea? No hay nadie en Melo que no conozca a Villari, es dueño de media ciudad. No pensé que esos análisis pudieran ser tan provechosos… No se quede ahí, pase. Acompáñeme, por favor.

El hombre se dejó llevar hacia el estudio. Ya estaba entregado. Su plan había fallado. Nunca tuvo en cuenta que al igual que él, los hombres de Villari podrían haber seguido a Nuria hasta el hospital aquella mañana. Era hombre muerto. Su cabeza rodaría ante los pies de su jefe; una muerte dolorosa y sangrienta, como estilaba imponerle a los traidores.

–Tranquilo hombre, relájese… Conozco a la gente como usted ¿sabe? Muy lejos de lo que piensa el vulgo, ésta no es una ciudad tranquila. Todo lo contrario. Desde que Villari plantó un pié en Melo, las cosas cambiaron. Dígamelo a mí que estoy a cargo del hospital: los baleados desfilan por las salas de emergencia. Que yo recuerde, las cosas no eran así cuando yo era un pibe… sin contar todos aquellos que no pasan por el hospital y van directo a la morgue.

Por más que la habitación era de lo más confortable, al hombre no le resultó de su agrado. Las paredes estaban tapizadas de libros y el suelo, cubierto con una gruesa y delicada alfombra, daba la sensación de una atmósfera cálida y tranquila al ambiente, en la que la apariencia de aquel individuo desentonaba claramente. En el centro de la habitación había un escritorio; en él, una lámpara de mesa brillaba con suavidad. Una enorme valija descansaba en el extremo izquierdo del mueble.

Andrade recorrió la habitación con paso decidido, se detuvo detrás del escritorio, posó su mano en el segundo cajón y comenzó a abrirlo.

–¡Alto! – lo detuvo la voz del hombre con tono severo. Con un rápido movimiento, desenfundó el revólver que descansaba en su gabardina – Las manos donde yo pueda verlas Doctor.

–Tranquilo muchacho. No tengo armas en mi casa, Dios me libre. Acérquese y abra ese cajón. Tengo algo para usted.

El hombre accedió.

–¿Vio esas llaves? Tómelas, las va a necesitar.

–¿Para qué? –Preguntó, sin entender.

–Ya verá mi amigo, ya verá.

–Mire Doctor, no estoy para ningún juego…

–Yo tampoco – replicó Andrade. – Su vida corre peligro, ¿piensa que no lo sé? ¿Piensa que no sé también que todo esto es mi culpa, que si yo no le hubiera dado esa información a ese delincuente, Usted no estaría aquí, ahora?.

Se equivocaba. Si no lo hubiera hecho, todo habría sido más fácil, es verdad. Pero inconscientemente, Manuel Andrade, lejos de cometer una traición; de momento, había logrado salvar su propia vida.

–Todavía hay algo que puedo hacer para ayudarlo. Esas, señor, son las llaves de mi auto. Es suyo.

La cara del hombre se transformó por completo. El Doctor Andrade le había abierto una última esperanza: aún quedaba una salida. Permaneció en silencio, el otro tomó ese gesto como un intento de gratitud.


–Y aquí – dijo Andrade, cargando la pesada valija y soltándola torpemente sobre el escritorio–, está todo lo que puede llegar a necesitar, sospecho que mi ropa le quedará algo ajustada; pero créame, es última moda en París...

Ambos sonrieron. Uno de ellos, porque por fin había podido recuperar su amor propio, la tranquilidad consigo mismo al saberse redimido de las culpas que manchaban su conciencia; el otro... el otro simplemente por sonreír.

–Ahora vaya. Parece que ha dejado de llover. Aún le espera un largo camino hacia donde se dirija… Y no me lo diga. Hay cosas que prefiero no saber, usted entenderá... –hizo una pausa para hurgar sus bolsillos – Tenga, es todo lo que puedo darle.

En sus manos, el dinero de Villari, cinco mil pesos en moneda argentina, aguardaban las manos sudorosas del matón. El hombre tomó el dinero y miró al Doctor. Andrade guiñó un ojo y con cariño le palmeó la espalda.

–El auto está afuera, lo acompañaré hasta la puerta.

Ambos caminaron escaleras abajo, pero sólo el hombre atravesó la puerta. Al entrar al auto, la voz del Doctor se sintió a la distancia:

–A propósito, ¿cómo está la niña? Me imagino que no será fácil para Nuria habituarse a una nueva vida. Es una hermosa joven. Espero que sepa protegerla...

La respuesta llegó con retraso, pero llegó. La bala le atravesó la cien y se perdió en la inmensidad de la casa. El cuerpo de Manuel Andrade quedó tendido en la puerta de aquel caserón. Un tinte color carmín tiñó los charcos de lluvia que descansaban aún en la entrada. Los vecinos cerraron sus puertas. Hasta la mañana siguiente, nadie denunció nada… nadie se animó a hacerlo.

El hombre encendió el motor, abrió la ventanilla y arrancó.

La noche, en cuestión de minutos se había despejado. La tormenta había menguado y el olor a tierra húmeda impregnaba la brisa fría y a la vez relajante. Aún estaba vivo, como vivo estaba el recuerdo de aquella habitación de hotel. Miró por el espejo. Las luces de la ciudad se hacían cada vez más pequeñas, luciérnagas diminutas que se adivinaban a lo lejos.

Suspiró.

Tardó un momento en ordenar sus ideas. ¿A dónde se dirigía? Ni él lo sabía. Sólo sabía que aquella noche, triste y despiadada, había quedado atrás. Y allí adelante, donde el horizonte interceptaba esa ruta solitaria, se escondía un nuevo principio. Allí adelante, donde mueren los caminos, comenzaba la inmunda espera.

“…Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza,
que no puede vislumbrar la tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora,
que no reza, que no llora,
que se echó a morir”.


Federico Comesaña

8 Comentarios:

El 22 setiembre, 2006 16:48, Blogger Blondiepower dijo...

Todas esa palabras estaban dentro de tu cabezita? Por Dios...

 
El 22 setiembre, 2006 17:09, Blogger Fefo dijo...

Todas y cada una. Incluso temo que aún quedan muchas más por salir a la luz. Muchas palabras que se hacinan en mi cabeza y entre ellas libran una batalla descarada por colarse entre mis tantas limitaciones, de mis intentos fallidos por plasmarlas en archivos de texto o en una hoja de papel.

Cada palabra constituye un nuevo eslabón, y eso es lo que más me asusta; porque a cada verso, a cada párrafo, los barrotes se suceden y yo me entierro de manera inevitable, cada vez más y más profundo, en esta Cárcel de Palabras.

 
El 22 setiembre, 2006 23:06, Blogger Jeza dijo...

Por un momento lo sentí vacío (no miento), pero cuando finalmente la bala entro en escena sonreí, el hueco de había llenado, seré morbosa? No sé, pero el final así se tornó más interesante.
Me encantó... ahora tendré que leer la continuación que escribió Borges para vos.

Nos leemos
Salú!

 
El 23 setiembre, 2006 17:53, Blogger Enzo Antonio dijo...

Hola, me he leído las tres partes y la verdad es que empecé a leer cada vez mas rápido por saber el final, sin dudas una historia fascinante y bien relatada, te felicito. Esto es lo que me gusta de algunos blogs, que regalan lecturas tan buenas y que hacen pasar un rato agradable. Espero seguir visitándote.
Gracias por tu visita por mi humilde blog.
Chao, nos vemos.

 
El 23 setiembre, 2006 18:31, Anonymous Anónimo dijo...

Que decis che ... bueno estuvo bien relatado, - Rosh Hashaná - Feliz año nuevo !! - LEJAIM ULESHALOM. Daniel

 
El 25 setiembre, 2006 16:08, Blogger tormenta del mar dijo...

Fefo: Vine a decirte que juro no quitar la Luna, es un tema de Maná que me encanta!
Como tu comentario en mi bosque!
Volveré a leer tu historia!!!

Besos!!!!

 
El 26 setiembre, 2006 17:19, Blogger Blondiepower dijo...

Reunion Blogger

Rocinante (Guayabo y Minas)

Buena musica, precios modicos, lugar tranquilo.

SABADO 7/10- tempranito...asi el que quiere luego arranca para el toque de Bufon y los Terapeutas en DOS.

Llevan adelante este emprendimiento: Fabro/Grica/Emerre y Blondiepower

 
El 30 setiembre, 2006 20:20, Blogger Amapola dijo...

Sorprendente, quiero que sepas, antes que nada, que soy una Amapola con un tiempo muy muy escaso para visitar mi amigo, pero que a usted lo tengo en mi corazón siempre y a cada momento. Te leo siempre, siempre y siempre lo haré así que tengame paciencia.
Este relato me ha dejado sorprendida gratamente y ha tenido el final que se merece con el nivel de tensión preciso...los versos al pie le dan una carga especial.
Jamás salgas de esta cárcel puesto que desde allí maravillas.

Besos de Opio

 

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