26 setiembre 2006

Volveremos a encontrarnos

Le digo adiós a tus ojos y otro adiós a tu mirada.
Me despido de tu sombra y de tu luz.
Cachorrito de mi alma sediento de esperanzas,
huye de la ausencia y refúgiate en el recuerdo;
allí espérame, que allí estaré.

Hoy me ves y me despides,
mi mejilla besas con húmedos labios
de lágrimas que en secreto has derramado,
de llantos y adioses que marcan
de la historia, su final.


Pero no sabes que el tiempo,
apiadándose de mi dolor,
me ha susurrado al oído, palabras
que lograron devolver;
a mis ojos la ilusión.

Hoy te he visto y he entendido todo.
Tú no sabes, pero yo lo sé...
Y así te vas, te vas y me despides,
sin saber que un día;
volveremos a encontrarnos.


Federico Comesaña.

20 setiembre 2006

FUIMOS - Parte III -

Agradezco nuevamente los comentarios recibidos, como también el interés que este cuento despertó. En especial a todo aquel que se animó a involucrarse en esta historia y acompañó desde un principio el nacimiento de esta obra que hoy encuentra su final. Como ya saben, el cuento entero es una antesala de "la espera" de Jorge Luis Borges, por ello dejo a continuación un link donde pueden encontrar el cuento original y continuar con la historia que en este post termina (quien esté interesado, haga clic aquí). De más está decir que cualquier comentario, crítica, precisión, o lo que por sus mentes se atraviese, no duden en escribirlo, porque yo voy a estar a la espera de sus palabras. Muchas gracias por estar ahí y les deseo que tanta intriga no haya sido en vano.
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...Continuación del post anterior.


La mano derecha le temblaba, no era frío sino otra cosa. La primera etapa de su plan estaba cumplida, la segunda era más fácil aún. Debía asegurarse de que nadie pudiera vincularlo con el crimen. Una única persona estaba al tanto del embarazo y si ese individuo desaparecía, su vida podría continuar como si aquella noche no existiera más allá de su memoria. Aunque él sabía que por más que así fuera, aunque pudiera colarse en su casa y eliminar al Doctor Andrade, el sueño de volver el tiempo atrás no era más que eso: una estúpida ilusión.


Al salir del hotel se dirigió a paso firme por el empedrado hacia la casa del profesional, a unas cuadras de allí. Ni siquiera se cubrió la cabeza con la gabardina, la lluvia lo tenía sin cuidado.

Era una casa de estilo colonial, con grandes ventanales y un hermoso balcón que le recordaba a la casa de su infancia. Vio con sorpresa que la única luz encendida era la del estudio. La ansiedad lo invadió de golpe, no podía esperar más. La incertidumbre debería ser, las más de las veces, más temida que a la muerte.

Llamó a la puerta. Sintió el crujir de los escalones y el sonido se hacía cada vez más cercano. Una voz intranquila irrumpió el silencio:

–¿Quién anda ahí?

Nadie contestó.

Manuel Andrade preguntó de nuevo. Nada otra vez. Quitó una a una las trabas de la puerta y la abrió con lentitud, con la vista clavada en el otro lado. De pronto, una figura forcejeó fieramente, Andrade opuso resistencia, pero el extraño pudo más que él y lo obligó a apartarse de la puerta.

El hombre ingresó a oscuras al recinto, Andrade continuó retrocediendo.

–Usted… – Se animó a decir, mezcla de sorpresa y desencanto. – Sabía que iba a venir, es más, esperaba que lo hiciera.

–No lo entiende – dijo el hombre y del bolsillo de su gabardina extrajo el revólver de metal –, usted sabe demasiado.

–¿Qué arreglaría con matarme? ¡Dígame! – Replicó Andrade, mirándolo a los ojos con firmeza.

El hombre quedó sorprendido por esa inesperada demostración de valentía, de la cual él jamás se sentiría capaz. Permaneció en silencio, con la vista clavada en su víctima y el brazo tenso, bien tenso; mientras su dedo índice se acercaba al gatillo.

–Escuche, alguien más lo sabe –confesó–, alguien más pagó por la misma información que usted.

El hombre bajó el arma, ya nada estaba asegurado. Supo al instante que Andrade no mentía, supo de quién se trataba. Había subestimado a Alejandro Villari. Al parecer, aunque su hija no lo creyese, se preocupaba por ella a su manera.


–Tres hombres vinieron a mi casa esta noche, preguntándome por la consulta que Nuria Villari me había hecho en la clínica el miércoles pasado. Naturalmente, les contesté que no podía proporcionarles esa información. El más viejo de los tres me propuso un trato que no pude rechazar. No todos los días alguien viene y me entrega en la mano cinco mil argentinos. A decir verdad, no quise hacer preguntas. Pensé que debía estar desesperado, no creo que un hombre como Villari haya llegado hasta donde está haciendo tratos de esa manera ¿no cree?

–¿Lo conoce?

–¿Bromea? No hay nadie en Melo que no conozca a Villari, es dueño de media ciudad. No pensé que esos análisis pudieran ser tan provechosos… No se quede ahí, pase. Acompáñeme, por favor.

El hombre se dejó llevar hacia el estudio. Ya estaba entregado. Su plan había fallado. Nunca tuvo en cuenta que al igual que él, los hombres de Villari podrían haber seguido a Nuria hasta el hospital aquella mañana. Era hombre muerto. Su cabeza rodaría ante los pies de su jefe; una muerte dolorosa y sangrienta, como estilaba imponerle a los traidores.

–Tranquilo hombre, relájese… Conozco a la gente como usted ¿sabe? Muy lejos de lo que piensa el vulgo, ésta no es una ciudad tranquila. Todo lo contrario. Desde que Villari plantó un pié en Melo, las cosas cambiaron. Dígamelo a mí que estoy a cargo del hospital: los baleados desfilan por las salas de emergencia. Que yo recuerde, las cosas no eran así cuando yo era un pibe… sin contar todos aquellos que no pasan por el hospital y van directo a la morgue.

Por más que la habitación era de lo más confortable, al hombre no le resultó de su agrado. Las paredes estaban tapizadas de libros y el suelo, cubierto con una gruesa y delicada alfombra, daba la sensación de una atmósfera cálida y tranquila al ambiente, en la que la apariencia de aquel individuo desentonaba claramente. En el centro de la habitación había un escritorio; en él, una lámpara de mesa brillaba con suavidad. Una enorme valija descansaba en el extremo izquierdo del mueble.

Andrade recorrió la habitación con paso decidido, se detuvo detrás del escritorio, posó su mano en el segundo cajón y comenzó a abrirlo.

–¡Alto! – lo detuvo la voz del hombre con tono severo. Con un rápido movimiento, desenfundó el revólver que descansaba en su gabardina – Las manos donde yo pueda verlas Doctor.

–Tranquilo muchacho. No tengo armas en mi casa, Dios me libre. Acérquese y abra ese cajón. Tengo algo para usted.

El hombre accedió.

–¿Vio esas llaves? Tómelas, las va a necesitar.

–¿Para qué? –Preguntó, sin entender.

–Ya verá mi amigo, ya verá.

–Mire Doctor, no estoy para ningún juego…

–Yo tampoco – replicó Andrade. – Su vida corre peligro, ¿piensa que no lo sé? ¿Piensa que no sé también que todo esto es mi culpa, que si yo no le hubiera dado esa información a ese delincuente, Usted no estaría aquí, ahora?.

Se equivocaba. Si no lo hubiera hecho, todo habría sido más fácil, es verdad. Pero inconscientemente, Manuel Andrade, lejos de cometer una traición; de momento, había logrado salvar su propia vida.

–Todavía hay algo que puedo hacer para ayudarlo. Esas, señor, son las llaves de mi auto. Es suyo.

La cara del hombre se transformó por completo. El Doctor Andrade le había abierto una última esperanza: aún quedaba una salida. Permaneció en silencio, el otro tomó ese gesto como un intento de gratitud.


–Y aquí – dijo Andrade, cargando la pesada valija y soltándola torpemente sobre el escritorio–, está todo lo que puede llegar a necesitar, sospecho que mi ropa le quedará algo ajustada; pero créame, es última moda en París...

Ambos sonrieron. Uno de ellos, porque por fin había podido recuperar su amor propio, la tranquilidad consigo mismo al saberse redimido de las culpas que manchaban su conciencia; el otro... el otro simplemente por sonreír.

–Ahora vaya. Parece que ha dejado de llover. Aún le espera un largo camino hacia donde se dirija… Y no me lo diga. Hay cosas que prefiero no saber, usted entenderá... –hizo una pausa para hurgar sus bolsillos – Tenga, es todo lo que puedo darle.

En sus manos, el dinero de Villari, cinco mil pesos en moneda argentina, aguardaban las manos sudorosas del matón. El hombre tomó el dinero y miró al Doctor. Andrade guiñó un ojo y con cariño le palmeó la espalda.

–El auto está afuera, lo acompañaré hasta la puerta.

Ambos caminaron escaleras abajo, pero sólo el hombre atravesó la puerta. Al entrar al auto, la voz del Doctor se sintió a la distancia:

–A propósito, ¿cómo está la niña? Me imagino que no será fácil para Nuria habituarse a una nueva vida. Es una hermosa joven. Espero que sepa protegerla...

La respuesta llegó con retraso, pero llegó. La bala le atravesó la cien y se perdió en la inmensidad de la casa. El cuerpo de Manuel Andrade quedó tendido en la puerta de aquel caserón. Un tinte color carmín tiñó los charcos de lluvia que descansaban aún en la entrada. Los vecinos cerraron sus puertas. Hasta la mañana siguiente, nadie denunció nada… nadie se animó a hacerlo.

El hombre encendió el motor, abrió la ventanilla y arrancó.

La noche, en cuestión de minutos se había despejado. La tormenta había menguado y el olor a tierra húmeda impregnaba la brisa fría y a la vez relajante. Aún estaba vivo, como vivo estaba el recuerdo de aquella habitación de hotel. Miró por el espejo. Las luces de la ciudad se hacían cada vez más pequeñas, luciérnagas diminutas que se adivinaban a lo lejos.

Suspiró.

Tardó un momento en ordenar sus ideas. ¿A dónde se dirigía? Ni él lo sabía. Sólo sabía que aquella noche, triste y despiadada, había quedado atrás. Y allí adelante, donde el horizonte interceptaba esa ruta solitaria, se escondía un nuevo principio. Allí adelante, donde mueren los caminos, comenzaba la inmunda espera.

“…Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza,
que no puede vislumbrar la tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora,
que no reza, que no llora,
que se echó a morir”.


Federico Comesaña

13 setiembre 2006

FUIMOS - Parte II -

Me parece que la primera parte del cuento no tuvo gran aceptación, o será que la gente se puso tímida y no comenta. Cada comentario (para bien o para mal) es un incentivo más para seguir escribiendo. Prometo de ahora en más hacerme un tiempo para contestar y ¿por qué no? para conversar en diferido. Soy conciente de que la segunda parte me quedó demasiado larga para un solo post, pero juro que vale la pena. Sin temor a equivocarme es lo mejor que he escrito hasta ahora. Prometo no desilusionarlos... Y aún queda por definirse el final, que de seguro va a quedar mucho más corto. Que lo disfruten...
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...Continuación del post anterior.

Conforme las horas apuraban su paso, el rencor se convertía en odio y el odio en misericordia; pero al final, las culpas siempre recaían en ella y en sí mismo. Se sintió solo, pero era esa misma soledad la que lo aliviaba, la que le impedía pensar en otra cosa que no fuera en sí mismo y en la manera de salir impune de este asunto.

La tarde arribó a la mañana y a ésta le sucedió la noche. El hombre permaneció en silencio. El personal del hotel le llevó, como de costumbre, el almuerzo a la habitación. La atención era de primera, más aún, al saber quién era el que pagaba la estadía de este individuo en el hotel.

La lasaña parecía estar deliciosa, pero no pudo probar un solo bocado. El plato permaneció allí, sobre la mesa, inmaculado; ya frío cuando el sonido seco y estridente del cargador del revólver penetrando el arma, resonó en toda la habitación, como una puerta que se cierra en un camino que ya no tiene vuelta a atrás.

Al salir del hotel la lluvia, antes mansa y armoniosa, mostraba su rostro más hostil, y de la mano del frío y del viento, persuadían a cualquier parroquiano a dejar para otro día el más importante de los asuntos que implicase aventurarse a la tormenta.

Aún así, el hombre atravesó la ciudad a pie en cuestión de minutos. La lluvia no le inquietaba, a lo único que no podía escapar era el frío, un frío que no provenía del ambiente, sino, mucho peor aún, de su conciencia. El viento acariciaba su rostro con una mano áspera e irritante que de a ratos, le impedía abrir los ojos.

En medio de ese paisaje lúgubre y hostil, arribó al hotel de la calle principal, propiedad del propio Villari. Fachada perfecta para el lavado de dinero ¿De qué otra manera se podía explicar un hotel de lujo en el corazón de Cerro Largo?

Su objetivo era el más simple y a la vez el más difícil. Por un lado, se trataba de hacer lo que mejor sabía, el trabajo que venía desempeñando para su jefe desde el primer día en el negocio. Sin embargo, esta vez la víctima no era un traidor ni un mal pagador, no se trataba de un simple ajuste de cuentas ni de una jugada estratégica de las que solía realizar Villari; sino, de un intento desesperado por parte del traidor de escapar de la muerte y de gambetear al destino.

Tanteó el revólver en el bolsillo interior de su gabardina. Repasó el plan. Entraría al edificio pasando ante todos desapercibido, ingresaría directamente al ascensor sin levantar sospechas. Nadie lo reconocería. Por suerte, la política de Villari era muy estricta al respecto: nunca mezclar los negocios limpios con los negocios sucios; siempre que hizo falta, las reuniones se realizaban fuera de su hotel, nunca a la vista de sus empleados ni al acecho de sus enemigos, que para él, eran una misma cosa.

Una vez allí se escabulliría directamente a la habitación 512, donde en noches como esta, había encontrado refugio. Congeló su mente, “basta de perder el tiempo, nada puede fallar”; intentó convencerse, cuando la verdadera razón se encontraba en que el simple hecho de imaginarse franqueando esa puerta, le revolvía la conciencia.

Al llegar al ascensor sintió cierto alivio: el camino estaba libre. Su aspecto desarreglado pasaba desapercibido entre la horda de gente que escapaba de la tormenta. Todo marchaba según lo esperado.

Golpeó la puerta de la habitación tres veces. Esperó unos segundos hasta que por fin, la voz de una joven atravesó la puerta:

–Pase. Los platos déjelos sobre la mesa. La propina está en lugar de siempre.

El hombre abrió la puerta y entró en la habitación. Todo segundo en el pasillo hacía peligrar su plan. Cerró con prisa la puerta y lentamente desabotonó su gabardina, sin decir palabra.

Ante él, la joven aguardaba en silencio, sorprendida.

–No pensé que vinieras… por la tormenta digo…

El hombre permaneció imperturbable, su mirada perdida en los ojos color esmeralda de la joven que aguardaba, sentada en el sillón de la suite.

–Nunca me dijiste nada sobre tu visita al Doctor Andrade.

–No tenía por qué, era sólo una revisión de rutina.

–Mientes. – Afirmó él. – Lo sé todo.

La mirada de la joven se cubrió de miedo y el hombre comenzó a caminar por aquel cuarto de hotel, escenario de tantos encuentros, manta que encubrió, como fiel confidente, la más grande de las traiciones.

–Debí suponerlo –dijo ella finalmente–, esa mirada lo dice todo. Tengo miedo ¿sabes? Tengo mucho miedo de él… pero también de ti. Estuve pensando mucho al respecto y…

Su mirada se tiñó de tristeza, pero a la vez, la esperanza le aceleraba las palabras, una esperanza oculta que él jamás logró entender.

–¿Él lo sabe? –La interrumpió.

–No, está muy ocupado en sus asuntos como para prestarme la más mínima atención… Hablaré con él mañana. Lo mejor va a ser decírselo, contarle de una vez por todas la verdad. No te digo que será fácil, no le gustará para nada... Le costará aceptarlo al principio, pero no veo otra salida.

Podía mentirse a sí misma. Podía incluso, llegar a creer esas palabras; pero él sabía que nada de eso era cierto, él sabía que su final ya estaba escrito.

–Yo sí. – Respondió él, introduciendo lentamente su mano derecha en el bolsillo interior de la gabardina negra. – Yo sí encuentro otra salida.

Ella se volvió a la ventana; de seguro, para ocultar las lágrimas que una a una recorrían su mejilla, creyendo que de esa forma podía mantener intacta su imagen de mujer fuerte, de suspicacia y perfección; que podía esconder tras una coraza todo aquello que pretendía ocultar de la mirada de aquel hombre que en noches cálidas y noches grises, había descubierto y redescubierto la manera; esa manera única y a la vez majestuosa de hacerla feliz.

–Me quieres ¿verdad?... ¿Aún me quieres? – Su voz se quebró de golpe, comenzó a girar su cabeza – Dímelo, por favor...

Cuando se dio vuelta y sus ojos, húmedos aún, buscaron el contacto con la mirada imperturbable de aquel hombre gris, ya era demasiado tarde.

Su brazo, el de él; ya estaba extendido, su dedo en el gatillo y su mirada en el suelo, intentando engañar a su mente y en definitiva, a su corazón.

La bala surcó la habitación en silencio, la bala que cortó la espera. Afuera, la tormenta rugía con furia incontrolable, el agua y el viento azotaban los cristales de los inmensos ventanales. Un relámpago iluminó la habitación en penumbra. Adentro, el tiempo se había congelado; cada segundo, cada instante parecía una eternidad.

El hombre levantó la mirada en silencio, siempre en silencio. Nuria Villari, la hija del alto empresario, del mafioso más temido de la región, su jefe y de a ratos, su amigo; yacía muerta en esa misma habitación de hotel. Quiso llorar y no pudo. Quiso que su reloj cambiara el sentido de su eterno caminar, pero sabía que era imposible, sabía que no podía más que ocultar bajo llave, en su memoria, el estruendo de la bala contenido en el silenciador de su revólver; del mismo modo que contenida, en su espíritu, yacía la respuesta a aquella pregunta que la joven le había hecho a segundos de encontrarse cara a cara con la muerte.

“Dímelo, por favor...”

Su voz resonó en la cabeza del asesino.

“Me quieres ¿verdad?... ¿Aún me quieres?”

El recuerdo lo azotó nuevamente y otra y otra vez, como un látigo que descargaba con furia todo el odio y el rencor que él mismo se tenía.

–Más que nunca… – Contestó para sí –… Más que nunca.

No sin antes darse cuenta, que un disparo puede borrar una existencia, sí; pero no puede –nunca puede–, borrar el recuerdo ni el dolor de la ausencia.

Una bala se llevó a Nuria, una bala proveniente del revólver que aguardaba, ansioso de una nueva víctima, en su mano derecha. La misma bala, que se había llevado al hijo que aguardaba en el vientre de aquella joven, el hijo que jamás tendría que haber estado ahí. De él era la culpa y sólo de él.

“Mi hijo”, pensó; y de esa manera se dejó morir, no del mismo modo que ellos, sino de una forma más penosa aún, más aberrante. Su mirada cambió, escondió nuevamente el revólver en la gabardina y se dispuso a abandonar la escena del crimen, aquel cuarto de hotel en que sus sueños y sus pesadillas, cada uno a su momento, se hicieron realidad.

Continuará...


Federico Comesaña

07 setiembre 2006

FUIMOS - Parte I -

Inspirado en "La espera" de Jorge Luis Borges, intento recrear esa noche anterior de la que habla el Maestro, de la que sólo hace mención y deja completamente a cargo de la imaginación del lector. Este cuento, que intenta ser un preámbulo a la obra de Borges, será entregado en tres partes, por esa maldad intrínseca del escritor de sembrar la intriga en sus lectores. Espero sea de su agrado y mil gracias a todos, por dar vida con sus comentarios, a esta Cárcel de Palabras.
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El timbre del teléfono azotó el silencio de aquel cuarto sepulcral. Sonó una, dos, tres veces. Nadie contestó.

La oscuridad lo cubría todo, un único haz de luz se colaba entre las persianas mal cerradas, una luz polvorienta que cortaba en dos la oscuridad absoluta, el vacío total. El teléfono volvió a sonar; esta vez, con mayor insistencia.

El hombre abrió los ojos, dejando atrás aquel sueño que tantas noches había esperado. Sonrió. Miró hacia su costado y con sorpresa percibió su soledad. Tanteó con su mano izquierda la otra mitad de la cama y nada, no había nadie más aparte de él en aquella habitación oscura.

Suspiró.


–Fue sólo un sueño… – Reflexionó en voz alta, como esperando una respuesta, una negación que viniera de algún lugar. “Quizás del baño”, pensó. Pero la luz no estaba encendida, ni la ducha, ni nada. “Fue sólo un sueño”, se convenció.

El teléfono continuó percutiendo con su sonar monótono y taladrante, el hombre se resignó a atender, sin siquiera intentar adivinar quien estaba del otro lado de la línea. Era un hombre de acción, no de conjeturas ni especulaciones. Para su jefe era mejor así, nunca le gustaron los preguntones dentro de sus filas, o los visionarios en los cuales, según él, no podía fiarse ni un segundo. El hombre estaba a gusto bajo las órdenes de Alejandro Villari, no por compartir con el mafioso un mismo origen y una misma moral; no por sentirse protegido bajo la influencia de tan poderoso personaje; sino, simplemente, porque seguir las ordenes de alguien más lo alejaba de la dura tarea de decidir y de tomar iniciativas. El hombre siempre prefirió la dama al ajedrez.

Levantó el tubo.

–Diga...

–Sabe quien le habla. – La voz le sonaba vagamente familiar, tardó un segundo en reconocer de quién se trataba; pero ese susurrar precavido, ese tartamudeo propio de quien se deja caer en las garras del miedo, sólo podía corresponder a una única persona; tardes enteras había estado esperando esa llamada. – Disculpe la tardanza, los exámenes se demoraron y…

–No tengo tiempo para excusas, ¿cuál fue el resultado Doctor?

–Sus temores son ciertos, la prueba dio positiva.

El hombre vaciló.

–¿Está seguro?

–Completamente, en esta clase de análisis el margen de error es mínimo, despreciable a mi parecer.

–Por su bien, que así sea. Le recuerdo Doctor, que el precio que pagué por esta información no admite la más mínima equivocación de su parte.

Del otro lado de la línea, el Doctor Manuel Andrade estaba a punto de infartar. El tono amenazador en la voz de ese hombre confirmaba las palabras de aquella tarde en su despacho al despedirse: “su vida depende de ese análisis Doctor, no se olvide de ello”. Hasta entonces, esa frase se había adueñado de su pensamiento y ahora, del otro lado del tubo, el mismísimo Lucifer reafirmaba su amenaza.

–Puede confiar en mi palabra – Dijo finalmente el Doctor, intentando ocultar en vano, su tensión y sus miedos.

El hombre dejó caer el tubo y se alejó en silencio, no había nada más que decir ni preguntar.

Abrió la persiana.

Afuera, un manto de nubes envolvía la ciudad, confundiendo los colores de los árboles, los autos y edificios en un matiz infinito de negros, blancos y grises. El melancólico y desafiante sonar de un tango se adivinaba entre el canto de los pájaros y las voces matinales. Era de Manzi, una pieza triste y taciturna titulada Fuimos. El hombre permaneció en silencio, dejándose llevar por aquel ritmo solitario proveniente de algún antro en lontananza.

“Fui como una lluvia de cenizas y fatigas
en las horas resignadas de tu vida.
Gota de vinagre derramada,
fatalmente derramada sobre tus heridas.
Fuiste, por mi culpa, golondrina entre la nieve,
rosa marchita por la nube que no llueve…“

No encontró mejor refugio para su mente que la letra de aquella canción. No por ser adepto a la poesía popular del tango, a la cual consideraba poco más que una pérdida de tiempo; ni por verse a sí mismo dibujado en las palabras de aquel cantor que con trazo firme y elegante, esbozaba en jirones de notas su recuerdo y su memoria; no por eso pienso yo, sino por cobardía, claro; por simple y vulgar temor a verse y encontrarse a solas con su pensamiento.

El tango continuaba, al tiempo que las primeras gotas comenzaban a caer del cielo. Era una lluvia suave y silenciosa que acompañaba el fino vaivén del piano y bandoneón; y juntos, los tres, mantenían la armonía de un ritmo exquisito, de austera perfección.

“…Fuimos abrazados a la angustia de un presagio
por la noche de un camino sin salidas.
Pálidos despojos de un naufragio
sacudido por las olas del amor de la vida…”

La noticia aún percutía en su cabeza, ya nada importaba más que la certeza de saber que sus temores se habían hecho realidad. Sin embargo, no todo estaba perdido. Una idea, fugaz y repentina, recorrió su conciencia con la fuerza y la velocidad de un rayo. Al principio la descartó, convencido de que debía haber otra salida. Finalmente, la ausencia de nuevas ideas acotó sus posibilidades. Miró el lado positivo: aún quedaba una esperanza en pie.

Era tiempo de actuar. El hombre se encontraba al borde de perderlo todo y la idea de dar un paso al frente no estaba en su mente ni en sus planes.


¿Estaba dispuesto a arriesgar su vida por esa mujer? ¿Estaba dispuesto a perderlo todo por aquella mirada de ángel y ese cuerpo infernal? No, claro que no, el muy imbécil pensó que con ella borraría el recuerdo de aquella noche de abril. Pensó que así sería más fácil, intuyó que la noche del alma no era más que la antesala a la alborada del ser. Confundió, como otros tantos, el amor con el sueño y creyó que éste, tiene un principio y un fin; lo primero, puede que así sea, pero nunca lo segundo. El amor, dijo Lope de Vega, tiene fácil la entrada y difícil la salida.

Finalmente, arribó a una decisión. Le costaba imaginarse vaciando de esa forma el cargador de su revólver, el frío de la bala atravesando la misma piel que horas antes, había soñado acariciar. Pero no era ese el pecado que lo iba a condenar, no; sino la traición, la traición al hombre que le había dado todo y que de saber la verdad, se lo arrebataría junto a su vida. Y no, no era sólo lujuria lo que corría por sus venas, pero su estrechez no le permitía darse cuenta que esa niña, arrogante y caprichosa, le había robado el corazón.

Continuará...


Federico Comesaña