Triste ironía
En las noches vacías en que se pierden mis besos, faltos de objetivos, faltos de misiones. En noches como aquellas en que mi alma ignoraba la existencia de tu alma y mi boca vagaba por oscuros rincones, sin la luz de las estrellas que iluminan tu cuerpo a la distancia. Noches de sombra que esconden mil secretos, enigmas que se pierden en el viento y huyen, como huye la osadía de ofrecerte un refugio entre mis brazos que son tuyos. En noches como aquellas te soñé y aún te sueño a cada instante, te creé y recreé cual pintor que entre acuarelas y lienzos ensaya su obra maestra. Soñé con el brillo de tus manos, con tus ojitos turquesa, con el cáliz de tu vientre, contigo y tus palabras. Y sin embargo no te alcanzo, luz de espejismo, cárcel de reproches.
La noche se apaga y tus cantos enmudecen porque tú no estás aquí. Sólo la imagen de un recuerdo recurrente que asalta mi memoria sin culpas ni piedad. Sólo eso prevalece a la tormenta de tu ausencia; esta triste ironía de tenerte y no tenerte, de esperarte y no encontrarte, de saberte mía y saberte a la vez tan lejos.
Qué injusto es el amor que todo lo puede excepto traerte conmigo esta noche. Qué injustos los minutos que torturan mi conciencia y recuerdan otras noches en que con tu dedo dibujamos mil constelaciones entre los huecos que deja en nuestro cielo el cielo raso. Otras noches, donde tus sueños descansaban con los míos, donde entre mi cuerpo y el tuyo no cabía ni una excusa ni un pretexto; donde armados de besos apagamos nuestros miedos y encendimos la esperanza de escaparnos juntos de esta fiesta de disfraces, y de esta cárcel de palabras concretamos nuestra huida.
No. La noche no es la misma desde que tus caricias me enseñaron a extrañarte, desde que tus labios adormecieron esa sed que me llevó, en caída libre, hacia tus brazos. Y nuevamente te sueño. Te imagino, perdida entre las dunas de tu cama, tendida como yo, rendida y acorralada por las nubes de lo incierto; soñándome acurrucado en tu pecho, soñando que te sueño, que escucho tu voz a la distancia y te respondo, con mi voz luchando contra el viento para alcanzar tu oído con la intensidad de un susurro. Ya no hay Dios que nos separe, ni autoridad, ni guerra; no hay enigma que se resista a tu ingenio y al mío, no hay vacío que se oponga al torrente de gestos, al vaivén de caricias que nos unen en la noche. Yo en tus sueños, tú en los míos, soñando juntos aunque no duermas conmigo.
Federico Comesaña
Que la noche nos encuentre
Que la noche nos encuentre
entre las olas de mi cama,
naufragando sobre un beso
mar de sombras y de luz.
Que la noche nos encuentre
y nos refugie entre sus brazos;
de la lluvia que acaricia
con dulzura el ventanal.
Que la noche nos encuentre
entre caricias sin recaudo,
entre excesos de ternura,
entre pompas de jabón.
Que la noche nos encuentre,
y acaricie nuestros cuerpos,
que se pierda entre tus curvas,
y se aferre a mi colchón.
Que la noche se detenga
y que las horas ya no avancen.
Que los relojes abandonen
su pausado caminar.
Que la ciudad y el mundo
continúen con sus sueños
tristes, grises, recurrentes;
mientras nosotros
nuestros sueños
aprendemos a mezclar.
Y mis sueños se hacen tuyos,
y tus sueños se hacen míos,
entre cantos de plata
y versos de jazmín.
Presos de una noche
que se pinta en el recuerdo
como un lienzo de acuarelas
que se imprime con un beso
Presos de un silencio
que no es ausencia sino esperanza,
que no es pasado sino futuro,
que no es intriga
sino certeza.
Federico Comesaña
Etiquetas: poesía
Y en mi recuerdo...
En palabras que se hacen verso yacen los retazos de ese Dios en que me negué a creer. Me reconozco perdido, flotando entre letras en un mar de ausencias del que intento escapar. Intento pero no avanzo.
Mis dudas me mantienen a flote.
No hay un Dios que me cargue en sus espaldas, un Dios que me enseñe a nadar, u otro que construya ni un barquito de papel.
No. Mi Dios no es ese. Mi Dios no es así.
Entonces me pregunto ¿Creo en Dios? Mi mente se debate entre el vacío estéril de la ausencia pagana y el cálido abrazo de un Dios que es bienvenida, que es vida y que es amor.
Sí. En eso creo, yo creo en el amor. El amor que puede más que un B-52, o que un acorazado, o que el uranio enriquecido, o que una bomba de napalm; o que un insulto, una lágrima, un desprecio o un prejuicio. El amor que es victoria y de vez en cuando derrota, que es sorpresa y que es razón.
De todas formas, ya no importa. Aunque su grito aún resuena, estridente, en mi cabeza, hace rato que esa mente traicionó mi confianza y me decido a ignorarla. Sin embargo persiste. Susurra en mi oído interrogantes absurdas... ¿Quién es?... ¿Dónde está?...
No. No la escucho... Pero por dentro bacilo ¿Y si tiene razón?... Y las mismas preguntas de siempre... No. Otra vez no. Creo en ese Dios que es esperanza, mi Dios es vida, mi Dios es paz, es fuerza y coraje, es luz y es empatía.
¿Y dónde está?
En cada uno de mis atardeceres, en la risa tímida de aquel niño que es y que ya no, en la fina sinfonía de la noche en primavera, en la caricia que se hace eterna, en el brillo de la lágrima que se enjuga con un beso. ¡Ay! Un beso... para eso sí pondría esta otra mejilla... solamente por un beso.
¿Será que allí se encuentra Él? ¿Será que allí está mi Dios? ¿Y en mi mente? ¿Por qué no ahí?
En mi mente no hay lugar para redes de pesca, para cruces de madera, para sandalias gastadas, para el vino del Caná.
Una leve intuición se refugia en los escombros de mi alma, pequeñita, como fugaz suspiro que se pierde en la tormenta. Pero ahí está ella; y se enciende, y se apaga, y se vuelve a encender, como una luciérnaga... como yo.
Me ilumina. Y ya no importa nada más. En ese rincón alejado del mundo y sus constantes convulsiones, alejado de mi mente y sus secuaces taciturnos; mi intuición se hace certeza – por un ratito nada más–, y me enseña que el mundo no es obra de la suerte y que las palabras vuelan impulsadas por el soplo de una boca que no es mía, que el camino es uno sólo: el que habrá que construir.
Por un momento me comprendo entero, de pies a cabeza. Me siento eterno y vuelo y canto y sueño ¡Y ESO ALCANZA! Me hago uno con la nada y me convierto en todo... y así aterrizo, con mi certeza hecha intuición.
Mi mente sonríe. Yo replico, “lo encontré”. “¿Dónde?”, me contesta, “Yo no lo veo”. Y no hay caso. Me trago mi retórica y mis explicaciones austeras. Y así me quedo, con mis brazos cansados de remar contra mis dudas y mi mente enterquecida, esperando una razón; con un beso en cada una de mis dos mejillas y una intuición en el alma... con una cruz en la espalda y en mi recuerdo...
En mi recuerdo, mi Dios.
Federico Comesaña