23 enero 2007

Tablas en el ajedrez

El caballo blanco saltó al alfil amenazando la reina. La reina negra se hizo camino tras una larga barrera de peones. La torre blanca salió a su encuentro. Las dos reinas se enfrentaron. Una blanca, la otra negra. La pureza de una contra la oscura firmeza de su adversaria. Ambas piezas se desafiaron con su vista clavada la una en la otra, con el seño fruncido y la esbelta armonía de su cuerpo inmaculado, de su clara astucia y su fino talante de roble y barniz.

Una voz quebró el silencio.

–Propongo tablas. – Y la mirada del hombre escudriñó al adversario que aún estudiaba el tablero, como intentando atraer su mirada.

Una muchacha se acercó a la mesa, sin poder salir de su asombro.

–Pero abuelo... Si recién han comenzado...

–Acepto. – Contestó una tercera voz, estrechando la mano del otro jugador.

–Empate. – Sentenció el primero. – Como en los viejos tiempos.

–Los buenos tiempos, querrás decir.

–Sí. – Y su vista se extravió en algún lugar de la sala, más allá de los muebles de cuero, de las estanterías cargadas de libros antiguos y del crujir de los troncos en las vivas llamas de la estufa a leña. – Los buenos tiempos.

El sonido áspero de una silla arañando el parquet del suelo lo devolvió de su ensimismamiento. Era su nieta, cuyos ojos color esmeralda se paseaban por la inercia de las piezas sobre el tablero.

–A ver, mueve blancas. El partido no puede estancarse en quince movimientos. – Se detuvo un instante a reflexionar – ¿Cuántas combinaciones posibles puede haber con treinta y dos piezas y sesenta y cuatro casilleros, teniendo en cuenta ciertas restricciones de cada figura a la hora de avanzar y una lógica razonable en los movimientos?

–Roza el infinito. – contestó uno de los hombres, esbozando una sonrisa gentil.

–¿Entonces? ¿Por qué no siguen jugando?

–Porque tarde o temprano siempre terminaremos en tablas. – se adelantó su abuelo.

–Digamos que el juego no era más que un pretexto. – agregó su contrincante.

–¿Pretexto? ¿Para qué?

–Para recordar, que no es poca cosa.

–Además, esas infinitas combinaciones, que no son tales, culminan todas en un único resultado.

–A menos claro, que alguno de los dos cometa un error por distracción o por...

–Por chochera.

–Sí, por chochera. – recalcó el abuelo, con una sonora carcajada. – Los años vienen a ocupar el lugar que dejan la memoria y el pensamiento. Es mejor dejar en tablas la partida, antes que permitir a las piezas enunciar una verdad que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer. – El abuelo mojó sus labios en su whisky on the rocks, mero pretexto para ordenar sus ideas –Si uno de los reyes es abatido, la victoria no será de su adversario, sino del tiempo. Es el tiempo quien corona al campeón con su báculo de arena y de ambos se burla, pues para sí conserva el trofeo verdadero, el que más vale... o mejor dicho, el único que vale la pena conservar.

La joven suspiró y dejó escapar a su abuelo una mirada desafiante.

–Por favor... Mi abuelo, el intelectual, el hidalgo, el imbatible, se deja vencer por la cobardía y cae rendido en una estúpida partida de ajedrez.

–No es verdad, tesoro. Es sólo que...

–Tienes razón. No le temes a las piezas, lo que te acobarda es enfrentarte a ti mismo y a tu ego de viejo octogenario. – El otro hombre atinó a decir palabra, pero la joven lo atajó – Y para usted también va esto, señor.

–Tú no lo entiendes.

–¿Y qué quieres que entienda? Eres tú el que no lo ve. Cómo atraes, cómo seduces a la muerte con cada una de tus palabras. Cómo insitas a los años a que devoren los despojos del hombre que fuiste y jamás volverás a ser.– Con el mayor de sus esfuerzos enjugó la lágrima que atinaba cruzar el umbral de sus ojos. –Piensas que por evitar el espejo mantendrás la imagen que de él recibiste la última vez que te detuviste a apreciarla. Pues no. Cada día esa imagen será distinta, una arruga de más, un cabello de menos, el brillo de tus ojos que se apaga; y cuando quieras acordar, ya no eres el mismo y te preguntas ¿cómo llegamos hasta aquí? En ese mismo instante, añorarás el gris de ese último cabello que perdiste, y maldecirás la presencia de esa nueva línea que surca tu rostro. Desearás la imagen que ayer evitaste, la que por bronca o cobardía, tuviste el despecho de rehusar ¿y por qué? Por estar tan ocupado en añorar esa estúpida presencia que viste una vez estampada en un espejo.

Una lágrima asomó a los ojos de ambos hombres.

–Los viejos no lloran. –Sentenció el abuelo.

–Son los años que a uno lo ablandan –Respondió su contrincante.

–Sigan culpando a los años ustedes dos... –La joven sonrió a su abuelo y besó con dulzura su frente despoblada. –Ya es tarde, me voy a dormir.– Y mirando al otro hombre con la misma piedad que a su abuelo, sólo atinó a decir –Buenas noches.

–Buenas noches –Respondieron al unísono y ambos se sumieron en un silencio litúrgico, mientras la joven ascendía con pereza cada escalón, respetando la calidez del silencio que venía de la sala, donde los dos hombres permanecían con la vista clavada el uno en el otro, con una sonrisa en los labios y la mente perdida en algún lugar de las palabras de esa joven, que con la mayor humildad y casi sin quererlo, había vencido al tiempo y proclamado su victoria.

–Jaque. –La voz del abuelo rompió el silencio.

–¿Cuántas combinaciones posibles puede haber con treinta y dos piezas y sesenta y cuatro casilleros, teniendo en cuenta ciertas restricciones de cada figura a la hora de avanzar y una lógica razonable en los movimientos?

–Cállate y juega.

Un alfil se interpuso entre el rey oscuro y la blanca reina. La dama huyó, amenazando ambos caballos del enemigo: trofeo asegurado. Así cobró vida una vez más el tablero y la batalla se hizo incontenible. Ambos bandos dieron lo mejor de sí. La astucia centellaba en cada movimiento y el ritmo se hizo constante y despiadado. Uno a uno fueron quedando a un lado del tablero los caídos en batalla, como víctimas de un combate del que los libros no guardan memoria, pero cuya ejecución encerró un secreto tan profundo, que por él dieron la vida hombres y mujeres a lo largo de la historia. En sus entrañas, dos hombres lucharon codo a codo por vencer al destino, por aferrarse a la vida, que no es lo mismo que intentar prolongarla; por burlarse de la muerte, que no es lo mismo que procurar alejarla.

La partida terminó cuando el último peón blanco resultó abatido y el tablero fue despojado de toda pieza, con excepción de ambos reyes, el vigoroso soberano de la luz y el arrogante señor de las tinieblas.

Históricamente toda partida de ajedrez culmina con un fuerte apretón de brazos, como una solemne invitación a una posterior revancha, a una nueva batalla en un futuro próximo o lejano. Sin embargo esta vez, un abrazo selló la partida, como una invitación al encuentro de nuevos pretextos, una excusa más para volver a actuar, ya no para recordar –que eso es poca cosa –, sino para alimentar la memoria. Ambos hombres fueron concientes, por primera vez en mucho tiempo, que aún estaban a tiempo de andar camino. Nunca es tarde para sembrar recuerdos, para ahuyentar el miedo y arrebatarle al tiempo su trofeo verdadero, el que más vale... o mejor dicho, el único que vale la pena conservar.


Federico Comesaña.