La ciudad parece un mundo
Tras el tinte oscuro del cristal polarizado, con mi mente aún bajo tu ropa y mis pupilas indecisas, recorro la ciudad autista de mis sueños desvelados; dilatadas de a ratos, por la oscura presencia de la noche gris, de la triste y absoluta ausencia de luminarias de turno; y de a ratos contraídas, por el destello fugaz del neón centellante.
Desde la ventana del taxi, la ciudad me parece un mundo. Son las tres de la mañana y el rojo albor del alumbrado enciende la noche, la abraza toda en un fuego sucio y escarchado que no quema. Un fuego de hielo que penetra la piel. Un fuego que se expande y se contagia.
Tal es el hechizo de la noche en mi ciudad, donde pequeños pajaritos de colores tiñen de negro sus frágiles contornos, para que siniestros nubarrones los confundan y no logren sabotear su cansado vuelo; donde con el alma de unos cuantos se pagan las culpas de la indiferencia de otros tantos; y donde un par de unicornios añejados se disputan los sueños en que habrán de aparecer.
La ciudad parece un mundo cuando se la ve en movimiento, cuando uno no es más que una suerte de fantasma que se desliza en silencio, formando parte del torrente de vehículos que fluye, calmo, a esas horas de la noche; como un río de concreto que descansa, apacible, balanceándose indiferente al frío impulso del potente vendaval.
Un semáforo en rojo detiene nuestro viaje. El taxista me habla de esas cuestiones que son moneda corriente en el diálogo conductor-pasajero: Que el tránsito está horrible, que la paga es aún peor, que la humedad, que la noche es insufrible, que las mujeres, que la inseguridad... Apoyo mi cabeza en la ventana y lo dejo que siga en su monólogo infrenable. En mi mente no hay espacio más que para ti, tus ojos, tu mirada, tu semblante, tus palabras.
A lo lejos se divisan los rostros de la calle. Niños, jóvenes, adultos, todos ellos ancianos. Rostros cargados de tristeza, vacíos de esperanza, que viven en la noche y a la vez se esconden de ella en un bunker de nylon y cartón. Rostros olvidados sin pasado ni futuro que frecuentan en vida, el infierno que otros tantos con el tiempo habitarán. Son las huestes de la noche, ejércitos de sombra que infunden el miedo para algunos y para otros, como yo, la más sincera compasión. Esa mezcla arrolladora de clemencia, indignación, lástima, bronca, piedad e impotencia, pero sobre todo eso: impotencia.
Una mujer con tu rostro me hace señas desde un oscuro portal, mientras que un niño con tus manos se ofrece a lavar el parabrisas. Nada es lo que parece en mi ciudad de ausencias o en mi ausencia de ciudad. Un hombre cubre su desnudes con unas hojas de diario de dos años atrás y cierra tus ojos en su intento desesperado de atraer el sueño.
Te veo a ti en todos ellos. Me imagino a mí mismo, con apenas siete años; en este sucio rincón olvidado; ese oscuro agujero donde Peter Pan jamás olvidó su sombra, sombra que tras él se esconde noche a noche y ofrecen juntos lágrimas y flores, llantos y curitas en las mesas de algún bar; donde la voz alegre del pequeño Mowgli nunca recorrió la selva de norte a sur, ni a su canto se unieron ni Baloo, ni el Rey Louis, ni Bagheera, sino que se ahogó para siempre en el frío vientre de un ómnibus oscuro, colmado de ausencias y repleto de desengaños; donde Blancanieves se hizo adicta a su manzana envenenada y Caperucita espera en una esquina el acecho, sin piedad ni culpa, del lobo feroz.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. El taxi se detiene. Nuevamente estoy en casa, más viejo, más cansado, pero por fin en casa. Abro la billetera para buscar con qué pagar y allí estamos nosotros, allí estás tú.
Juro por Dios, que amo esa foto. Yo, con un extraño aire de intelectual apasionado y tú, con tus ojitos turquesa iluminándolo todo. El mundo se derrumba y nosotros nos amamos. Nuestros ojos se buscan en una burbuja color esmeralda. En ese refugio de besos y abrazos concretamos nuestra huida, engañamos al tiempo y nos burlamos del adiós.
La ciudad parece un mundo, y en un rincón alejado de los ojos de los diarios y los noticieros, de las voces de siempre, de los gritos de auxilio; nos entregamos el uno al otro. Casi en silencio, para no despertar a nadie. Y que nadie piense siquiera en pincharnos nuestra pompa de jabón. No vaya a ser que la oscuridad se proponga contagiarnos, que nos roben la alegría e hipotequen nuestros sueños. No. Cerremos puertas y ventanas, que ya habrá tiempo para salir y contagiar nosotros de amor y de esperanza, de alegría y sinceridad. Ya habrá tiempo de despertar de su siesta al sueño perdido, al niño olvidado. Ya habrá tiempo para desafiar a la tristeza, para vencer a la derrota, para construir de nuevo, para hacer historia. Ya habrá tiempo para ver la luz... y vaya si lo habrá.
Sonrío, y una paz y una intuición se apoderan de mi mente. Me siento a salvo. Ya no tengo miedo, de todo estoy a salvo.
-Así está bien, quédese con el cambio. Muy buenas noches y gracias.
El mundo se derrumba y nosotros nos amamos. La intuición se hace certeza. Ya no cabe dudas. Hoy más que nunca, ese otro mundo es posible.
Federico Comesaña
A veces...
A veces sueño que soy el olvido,
a veces me pierdo en mi propia desesperanza;
danzo por el mundo al compás de la nostalgia,
de la empatía a la agonía, del orgullo al desamor.
A veces sueño que corro
y a un mismo tiempo río y lloro,
corro y vuelo en busca de aquello,
aquello que jamás pude encontrar.
A veces sueño que soy el olvido,
marioneta del tiempo, peón de la locura;
un simple guerrillero de esperanzas rotas,
de intentos fallidos y amagues de cordura.
A veces me pierdo en la angustia y el desdén,
en el sufrido dolor, en la nula resistencia,
en el eterno palpitar de un corazón acorralado
tras la triste utopía de pensarme un triunfador...
...y a veces, sólo a veces me creo omnipotente
y como un ave que surca el cielo a su antojo,
escribo en mi pecho la palabra LIBERTAD.
Federico Comesaña
Final cruel sin futuro ni novela...
Y la lluvia dibujó en su rostro una mirada tenaz que la elevaba por sobre todos los hombres y mujeres de la tierra. Sin quererlo, se había convertido en Dios.
La Diosa que se enfrentó al mundo con su belleza y venció. La Diosa que desafió a la muerte y salió triunfante. Que luchó contra el diablo y se ganó su respeto. Que cruzó mares y océanos. Que se hizo una con el viento y estampó su nombre en el más cruel de los desiertos. Que amó con la más punzante de las pasiones.
Y aún en el momento en que los relojes detengan su paso entorpecido, cuando la última vela se apague y con ella el dolor, la venganza y la pasión sucumban; continuará llorando y pidiendo perdón a gritos, continuará creyendo que todo es un sueño -de todos el más cruel-, y que algún día lo volverá a ver, como al descuido, en un rincón solitario, guarecido entre las sombras, y él correrá hacia ella, y volverá a besarla, y en el más feliz y real de los abrazos, susurrará en su oído aquellas palabras que un día escuchó y que jamás logrará olvidar.
Su corazón se detiene. La lluvia azota su vista y ya no puede sostener la mirada. Se deja caer en la acera y sus rodillas golpean como dos martillos de cristal el empedrado.
No hay dolor.
De su boca escapa una palabra, frágil y apagada, como si fuera la última que dejará colar entre sus labios color carmín.
- Adiós.
Una Diosa se desploma en el gris de la tormenta. El tiempo se detiene. La lluvia ya no moja, ya no se oye ni se siente; por más que desde el cielo, mil ángeles suman sus llantos y no encuentran consuelo los unos en los otros.
Como si fuera el fin del mundo. Como si todo acabase a un tiempo. Como si el mañana fuese un absurdo o tal vez una ironía.
Como si fuera…
…Y fue.
Federico Comesaña
Sí, en recuerdo
A: No, no, nunca se fue. ¿No se da cuenta? Fue el fantasma.
B: ¿El fantasma? ¿Qué fantasma?
A: Uno con forma de reloj... Sí, no me mire con esa cara, tenía forma de reloj gigante.
B: ¿Y usted lo vio?
A: Le aseguro que lo vi.
B: ¿Y qué fue lo que hizo? No me diga que se la llevó...
A: No, no se la llevó.
B: ¿Entonces?
A: Entonces... Entonces... Con la más pe-pe-pequeña de sus manecillas... golpeó su nariz... y la convirtió en recuerdo.
B: ¿En qué?
A: Sí, en recuerdo.
B: ¡Basta, ya escuché suficiente!
A: No, espere, hay más... Luego se fue y me dijo: “No sea impaciente, ya vendré por usted”
Federico Comesaña
Mi buen amigo Carlos
Este cuento lo escribí a finales del 2004 con unos recién cumplidos 17 años. Podría haberlo retocado un poquito, mejorarle algunas expresiones, puntuaciones, pulirle algunas imperfecciones o agregarle algún detallecito más; pero decidí dejarlo en su versión original, únicamente por aquello que dijo Borges una vez de que una obra jamás se termina, simplemente se abandona; y yo creo que ya es tiempo de dejarlo ir a mi buen Carlitos. Espero lo disfruten.
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Me jacto de haber sido amigo de Carlos Velásquez. Nadie duda en la actualidad que la alegría y el humor son virtudes celestiales; nadie duda tampoco que quien las posea, concentrará en sus manos el más grande poder del Universo; una fuerza tal, capaz de controlar a todos y a todo.
Carlos era el feliz portador de ese don. Como todo héroe o dictador, apareció de la nada, un día como cualquiera... Pensándolo bien, nadie en el barrio conoce la infancia de este personaje, sólo corren por ahí un par de relatos baratos, de esos que únicamente se le ocurren a aquel que en más de una oportunidad, ha abusado de las mágicas propiedades de los alucinógenos.
Como es de esperarse, en una sociedad donde queda aún algo – no mucho, pero algo – de sentido común, nadie toma en serio esas teorías, que le dan a Carlitos un origen extraterrestre o lo conciben como descendiente del comediante argentino Carlitos Balá, sin percatarse de que el linaje no se transmite a través del nombre sino del apellido.
En definitiva, su infancia me tiene sin cuidado, lo importante es que Carlos era la persona más alegre que pudo, puede y podrá habitar el Universo.
Su risa contagiosa, su mirada perspicaz y su paso claunesco, sembraban la alegría en aquel que se lo cruzase. Nadie que deambulara a una distancia prudencial de Carlitos, con la mirada perdida, el seño fruncido y una lagrimita picarona asomándose en la mejilla, podía escapar a la irradiante alegría de este ser, que entre su clásico tarareo y sus pasos resentidos de cumbia barata, convertía lágrimas solitarias en llantos de risa.
Según diversos estudios llevados a cabo por estudiantes frustrados de psicología, por coordinadores de educación física y comediantes aficionados, el 98,5% de las carcajadas de Carlitos no tenían sentido alguno, o por lo menos, comprensible para el intelecto humano promedio. Sin embargo, ¿Qué carcajada tiene sentido de ser? O mejor dicho... ¿Desde cuándo es posible esclarecer el sentido de una sonrisa?
El Negro Rodolfo, coleccionista de sellos postales provenientes de países que empiezan con Y, sabiamente repuso:
–Nadie que se precie de su condición de sabio, o incluso de cuerdo, se atreverá a advertir el factor causal de la carcajada ajena. Si bien, ésta puede ser provocada por un estímulo exterior; también puede guarecer en los pensamientos del individuo, el motivo que lo llevó a tal quiebre emocional, y a ese territorio es imposible ingresar sin la correspondiente autorización del involucrado.
Y es verdad. El motivo de alegría que lleva a la risa descontrolada es un objeto de estudio muy escurridizo y más aún en el caso de Carlitos, donde no existía un límite entre carcajada y carcajada.
De seguro, hay quien no logra comprender la envergadura del asunto. No estoy hablando de un muchacho alegre y sonriente, de pocas luces y con cara de gil. NO. Si bien poseía sí, estos dos últimos atributos, la carcajada de Carlitos era una constante; y cuando digo constante, me refiero a que su estrepitosa risa era permanente.
Tanto es así que para el buen Carlos, las más mundanas actividades se convertían en osadas hazañas. Muchos juran en el barrio, haberlo visto ingerir alimentos. Sin embargo, me parecen más leyendas urbanas que testimonios veraces. Me animaría a decir que nadie ha visto jamás a Carlitos alimentarse, ya que esto requeriría un conjunto de métodos y maniobras que hasta ahora, ningún especialista ha sabido explicar de forma persuasiva, puesto que reír y comer son acciones un tanto incompatibles.
No todos admiraban a Carlitos ni gozaban con su presencia. Además de ser envidiado por muchos, esos que se negaban a explicitar su alegría cuando ésta era producto de la presencia del buen Carlos, el chico se había ganado enemigos.
Nada más ni nada menos que los miembros del SPLOT – Sindicato de Personal de Limpieza de Orinales y Toilets –, una asociación sindical de carácter oscuro y de bajo perfil, que nunca gozó de una gran aceptación social y cuyas medidas y sugerencias rara vez fueron aceptadas por las autoridades, tanto del Ministerio como de las empresas en las cuales se desempeñan los sindicalistas.
Dicha agrupación, que como no podía ser de otra manera, con el tiempo adquirió carácter de secta – hecho que no tuvo trascendencia alguna, puesto que ni siquiera les significó modificar la sigla que da nombre a la organización –, llegó a plantearse – con el fin verdadero de sostener una excusa para mantener al grupo unido, dándole un fin concreto a una agrupación de carácter banal –, por medios lícitos o ilícitos, la desaparición del propio Carlitos.
¿Por qué? Se preguntarán algunos. La respuesta es un tanto obvia, sigamos el siguiente razonamiento:
Como primera premisa tomaremos la siguiente afirmación: Todo ser alegre y divertido goza de una vida social robusta y en extremo activa, por lo cual, concurre con regularidad a sitios públicos varios, donde utiliza los orinales con habitualidad.
Por segunda premisa nos contentaremos con: Todo individuo con risa fácil sufre del mal del “no le emboco”, una terrible enfermedad que afecta mayoritariamente a hombres con mal de Parkinson y a mujeres subversivas que incursionan en el arte de orinar de pié; cuyo principal efecto se manifiesta en la notoria dificultad para hacer coincidir el flujo de orina con el agujero del inodoro.
Como tercera premisa tomaremos: Los encargados de asear los baños generalmente son miembros del SPLOT, quienes ponen el grito en el cielo ante la impulcra manía de orinar por fuera del inodoro, sea por un impedimento físico o por un acto voluntario.
En conclusión, los miembros del SPLOT ven a Carlitos como símbolo de todo aquel que padece del mal del “no le emboco”, condición aparentemente suficiente para querer mal a una persona.
La medida más drástica que han llegado a adoptar, fue sin duda la confección de papel higiénico con mensajes alusivos a su campaña “retrete seco, retrete feliz”, donde rogaban y suplicaban a quien padeciera de dicha patología, que por favor orinara sentado.
No hace falta mencionar, que al igual que cualquier otro emprendimiento de dicha agrupación, no tuvo éxito alguno. Los orinantes que padecían el afamado mal se sentían humillados e insultados por los explícitos mensajes del SPLOT y ponían especial concentración en su proceso de desagüe para atinar al rollo de papel higiénico, prolijamente instalado a la derecha del escusado.
Existen muchas historias a parte de ésta, que involucran tanto al SPLOT en su carácter sindical, como las desopilantes peripecias que Carlitos vivió a causa de las maquiavélicas artimañas de esta vil organización. Sin embargo, eso escapa a nuestro tema principal, que es, en definitiva, la vida cotidiana de mi amigo Carlos.
Su talento era único, Carlitos no tenía par. La prueba que le valió todos los méritos fue realizada en mi propia casa, un Domingo de invierno, esos donde el mal día dice “buen día” y se asienta en el cielo con la idea de no marcharse.
Carlitos estaba sentado en el sillón y el periódico de la semana tendido sobre la mesa, abierto en la sección de policiales.
Yo, que como muchos otros, en aquellos tiempos atribuía la inigualable alegría de Carlitos a su evidente y reconocida ignorancia, olía el peligro potencial en el aire. Carlos, indiferente, sin percatarse del terrible mal que se aproximaba, recogió las hojas y comenzó a leer.
No paraba. Mi familia entera permaneció en silencio, temerosos, intranquilos... De repente su cara se transformó. No era el mismo Carlos, sino uno más oscuro y meditativo.
Quizás fue mi impresión, pero me pareció ver por un momento, en los ojos de aquel muchacho, la prevención de aquellos que dudan y temen, la ausencia y la desolación, la nostalgia y la desdicha. Me pareció ver en su mirada, el negro de un abismo, el sentir sin sentimiento, el vacío de un pesar que mucho duele, que tanto sangra y tanto esconde. Sin embargo, creo que fue nada más que mi impresión.
Un minuto le llevó recuperarse y allá estaba él, sonriendo a diestra y a siniestra, noche y día, como si nada. Como si el shock hubiese sido repentino, un breve lapso en el cual la mente se conecta con la hostilidad de este mundo y luego vuelve a su habitual ingenuidad.
Los días transcurrieron y con ellos nuestra infancia y juventud. Dicen que el tiempo es el mejor maestro. Personalmente discrepo, yo diría que como maestro es bastante mediocre y como alcahuete una eminencia, chupa-medias del modismo, soplón de la intolerancia y manda-preso de la propia mediocridad.
Como era de esperarse, en un mundo donde quien ríe es un desconsiderado; quien juega es infantil; quien dice NO, un subversivo; quien denuncia un inadaptado; quien propone, un charlatán; y quien llora, un maricón; Carlitos fue víctima del rechazo y la marginación.
Su risa fue bajando día a día sus decibeles, acallada por miradas torcidas de la “gente normal”, esos que nos incitan a todos y cada uno a jugar al juego de lo formal y autorizado, un juego de poder y jerarquías, prometiendo como premio la felicidad y otorgando en cambio, a ultimo momento una cajita, falta de sorpresas y llena de angustias y desengaños.
Parece ser que la alegría permanente y la risa descontrolada son cualidades aceptadas en la infancia y adolescencia, pero cuando uno se hace adulto, pierde el gusto por la sonrisa tonta y sin sentido.
De esa manera, la carcajada de Carlitos desapareció por completo. La verdad, no muchos notaron la diferencia; a más de uno a esa altura, ya le costaba girar la cabeza para notar – aunque más no sea eso: NOTAR –, la angustia ajena. Creo yo, por la falta de costumbre, por haber perdido la práctica.
Y así, como el inmigrante que en tierras lejanas adopta un lenguaje y una cultura diferente; así Carlitos se convirtió paulatinamente en un ciudadano ejemplo, en un ser aburrido y predecible, racional y conformista, dogmático, rutinario, introvertido y sobre todo, nostálgico y desilusionado.
Con su saco sport medio gastado y su pantalón de vestir proveniente de la mesa de saldos de una tienda de segunda mano, cada mañana Carlos se tomaba el ciento cinco en la esquina de su casa, rumbo a la oficina, ese cubil de dos metros por tres de ancho, iluminada por el mísero brillo de una lamparita de bajo consumo. Las mismas tareas, las mismas caras, las mismas exigencias, los mismos gritos y el mismo final. Un preso más de la monótona rutina del sin sentido cotidiano.
Hace tiempo que no lo veo al buen Carlos, y aunque así lo hiciera estoy seguro que no lo reconocería, ni él a mí tampoco. He sentido de gente que fue muy allegada a él, alguna que otra anécdota de sus mediocres hazañas.
Si mal no recuerdo, fue el Negro Rodolfo el que una noche llegó a mi casa con noticias sobre el paradero de Carlitos. Fue un martes a la noche en que el Negro paseaba por el Prado a la altura del rosedal; siete horas pasaron desde que el sol se había puesto y la luna y las estrellas destellaban incansables, bordadas sobre el oscuro manto que cubría el cielo.
A lo lejos, Rodolfo escuchó una voz conocida que murmuraba a la distancia. Con cuidado se acercó, buscando la fuente de esas palabras, por mero amor al chusmerío.
Fue allí que reconoció en un rostro avejentado, erosionado por el tiempo, a su viejo amigo Carlitos. Pero un Carlos distinto, consumido en una condición que no le era propia, una suerte de disfraz que desentonaba con la esencia del personaje.
Permaneció en silencio, intentando ordenar en su mente las palabras con las cuales presentarse ante su amigo, ese al que hace tiempo no veía; ese, que ya consideraba perdido.
Pero por más que lo intentó, no pudo. Permaneció al amparo de las sombras, escuchando las tristes palabras de Carlos, ese ser de existencia lastimosa que parecía haber perdido toda cordura.
De repente, vio asomarse en su rostro, el de Carlitos, una sonrisa que le recordó a las de antaño; aquel rostro arrugado retomó el inconfundible matiz de sonso que más de una burla le valió en su juventud; y guiñándole un ojo a la luna, exclamó una sonora carcajada, como tomándole el pelo a las costumbres, a su disfraz y a su destino.
Algunos, como en su momento el Negro Rodolfo, pensaron que estaba loco; y con la falsa excusa de velar por la salud de Carlos, se fundó el “Escuadrón de Voluntarios para el Socorro y Contemplación de Carlitos”. Una suerte de guardia vecinal sin fines de lucro que con el propósito verdadero de inmiscuirse en la privacidad ajena, montaban guardias en el punto en que el Negro había descubierto a Carlos por vez primera.
El Escuadrón, que en un principio se planteó el desafío de mantenerse en su carácter secreto – no sea cosa que el espiado se diera cuenta de la conspiración –; al poco tiempo fue descubierto y su existencia pasó a estar en boca de todos; recibiendo incluso, una propuesta por parte de un canal televisivo para hacer una suerte de Reality Show; aprovechándose del pobre Carlos, quien solía ir cada noche al rosedal a pedirle disculpas a la Luna, guiñarle un ojo y prometerle, que el día en que dejaría su disfraz en una percha para jamás volver a usarlo, estaba cada vez más cerca. Acto seguido, le regalaba una escandalosa carcajada a modo de tributo y así se retiraba Carlos, riendo como en los viejos tiempos, para volver a zambullirse en la infernal rutina.
Como el nadador, que por más acostumbrado que esté al hábitat submarino, no logra desprenderse de la necesidad de salir, aunque más no sea un segundo, a respirar a la superficie; así Carlos se sentía en esos momentos de intimidad; revitalizado, lleno de fuerzas para afrontar un nuevo día.
Muchos sostenían, con pruebas fehacientes, que Carlos estaba loco y que su comportamiento no era más que un grito desesperado ante las imposiciones sociales, ante los anhelos inculcados que no podía alcanzar.
Otros, los inadaptados de siempre, decían que se estaba comunicando con su familia extraterrestre, en un código incapaz de ser captado por el intelecto humano.
Yo, por mi parte, pienso distinto. No simplifiquemos las cosas. El mundo no es un dos más dos, sino algo más. Loco no es quien sonríe, sino aquel que se extraña de quien lo hace. Loco no es quien escapa, sino quien agacha la cabeza y deja que el látigo de la rutina flagele su torso.
Por eso; y porque el juicio no es un bien ganancial que fluctúe de acuerdo a la oferta y la demanda, otorgándosele al mejor postor el título de “cuerdo certificado”; es que sostengo que Carlitos, mi buen amigo Carlos no estaba loco; simplemente había tropezado... y aún así sonreído.
La verdad es simple e ineludible. No hace falta poseer una inteligencia superior ni una gran erudición para comprender, que vale más una gota de esperanza que un inmenso mar de estoica sensatez. Federico Comesaña
Antón Pirulero
Antón... Antón... Antón Pirulero...
Cada cuál... Cada cuál... Que atienda su juego...
Y el que no lo atienda... Y el que no lo atienda...
Pagará... Pagará... Una prenda de amor...
Robertito tenía 7 años, ahora tiene 23. A esa edad le gustaba Patricia y hoy jura que ama a Lorena, aunque jamás a ninguna le insinuó nada.
Robertito -como todos-, es como cualquiera y como ninguno. Siempre fue listo, pero jamás se destacó del resto. Tiene sueños, sí; pero sabe ocultarlos mejor que nadie.
A los 7, la maestra Susana le enseñó a jugar al Antón Pirulero. A los 9 aprendió a dividir. A a los 12, aprendió a besar. A los 15, a resolver una ecuación. A los 17, del dolor y la traición. Y a los 21, que la incertidumbre en carnaval, se disfraza de nostalgia y sale a mojar gente con su pomo de desdicha...
A lo largo de su vida olvidó muchas cosas; entre ellas, su número de cédula, la fecha de un examen, el nombre de una calle, un cumpleaños, el rostro de un amigo, las llaves, la billetera y el nombre de una chica...
Sin embargo, nunca olvidó el amargo sabor a soledad; el estar rodeado de gente, sin dejar de sentirse desahuciado. El mostrarse a gusto frente a la más profunda disconformidad. El pensar en su propio bienestar y el resto, que reviente. El desconfiar de todos y de todo. El pensar en términos de “futuro” y “conveniencia”. El no mirar a los costados, a no ser para cruzar la calle. El no dar sin recibir nada a cambio. El no irse sin esperar el vuelto. El no actuar sin que la razón filtre su sentir. El no protestar, el no escuchar, el no reír, el no ayudar, el no opinar, el no decir siempre la verdad...
Robertito tenía 7 años, hoy tiene 23. Pero igual sigue jugando, ahora y siempre, al Antón Pirulero; en su eterno afán de atender su juego, ese lento y aburrido juego... harto de seguir pagando, la misma prenda de amor.
Federico Comesaña